martes, 22 de septiembre de 2015

Frankenstein, una reflexión sobre Dios

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Génesis 2: 7

Y así fue como el doctor Frankenstein formó a su criatura, con un cuerpo sin vida que si no hubiera sido usado se hubiera vuelto polvo, y con una chispa de vida la criatura se levantó.
Este texto es una simple demostración de cómo nos vamos desarrollando a partir de que somos expulsados del edén. El monstruo escapa del laboratorio lleno de inseguridades y temores pero siempre busca a su creador para poder saber el porqué de su existencia.
La criatura al no tener un camino fijo ni un consejero, empieza a volverse del mundo, se deja llevar por sus vanidades y los prejuicios que ponen todos los que le rodean. “Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo…” - Proverbios 15: 22.

Me gusta comparar a Victor Frankenstein con este Dios al cual pitan como un ser malévolo, al cual debemos de respetar por sobre todas las cosas. Dejó que si creación se afrontara al mundo sin algún tipo de reconocimiento de su parte o sin siquiera unas palabras reconfortantes, sólo con la constante idea de que hay una criatura creada por él suelta en el mundo, vagando por encontrarlo hasta hallar respuestas de su cometido.

La criatura seríamos todos los seres que alguna vez se han encontrado solos en el mundo. “¿Sería pues, un monstruo, un ser único en la tierra, de la cual huían y se espantaban todos?”- Frankenstein, capítulo 13.

“… ¿Quién era yo? ¿Qué era? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino?...”- Frankenstein, capítulo 15. Y esas son las constantes preguntas que uno se hace cuando se siente desolado y sin esperanza alguna, cuando el rechazo ha sido suficiente y no puede más, buscan a su creador para pedir ayuda de alguna forma. La criatura de Victor lo buscó para pedirle un favor, un compañero, alguien con quien pasar la vida.

“Y dijo Jehová Dios: no es bueno que el hombre esté solo… “- Génesis 2: 18
Porque siempre es más fácil compartir las penas con alguien que sea a tu imagen y semejanza, solo para ti, pero a veces cuando pensamos haber encontrado a la persona con la cual creemos regresar al paraíso, Dios te pondrá un alto, porque esa es su voluntad.

Toda la novela de Mary W. Shelley lleva a la perfección la religión, ya que ella quería plasmar los peores miedos de uno y esos serían el nunca encontrar una respuesta del creador, o no recibir la respuesta que esperábamos.

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